domingo, 3 de marzo de 2013

Siempre se puede recomenzar (Cuaresma III)

Nada que hacer con este árbol, parece decir el dueño de la viña al encargado de cuidarla. Años sin dar frutos, años desperdiciando oportunidades y echando en saco roto tantos cuidados. Nada que hacer con él, tirémosle. Este es muchas veces nuestro razonamiento. Lo que no da fruto ni sirve se tira. Si nuestra vida lleva meses o años parada o en declive..mejor tirarla y dimitir de ella en un desánimo sin fondo. Ante este panorama nos llena de alegría la respuesta del encargado: "Déjala un año más, que yo cuidaré de ella para que dé fruto". No es difícil descubrir en este encargado al Señor, siempre dispuesto a trabajar duro por nosotros para que nuestra vida, algo estéril e inclinada a desperdiciar los grandes regalos con que Dios la ha enriquecido, al final dé fruto. Ese es el gran milagro, soñar con que Jesús puede hacer de cada situación de final, una oportunidad increíblemente inesperada para un nuevo comienzo.

Esta milagrosa y paciente ternura de Jesús para con estos árboles que tiene, que somos nosotros, y que más que higueras cuajadas de frutos semejamos tantas veces secos alcornoques, nos está haciendo ver el Rostro verdadero de Dios, el definido en el salmo de hoy como "el Compasivo y Misericordioso".  Los israelitas, y muchos de nuestros contemporáneos, tenían incrustada en el corazón la idea infantil del Dios que da cosas buenas a los buenos y envía desgracias a los malos. Si aquellos galileos fueron ejecutados por Pilatos...serían pecadores y recibieron su merecido. Aquellos ciudadanos aplastados por el desplome de la torre de Siloé...de algo serían culpables para que Dios les castigara así. Así pensaban. Así pensamos. Pero no es así como piensa Jesús, el Verbo de Dios: "Os aseguro que no".

La misericordiosa ternura de Dios es incompatible con esa imagen. "Os aseguro que no" es así el Amor de Dios. Es verdad que permite que pasen en la vida tragedias difíciles de asumir, para buenos y para malos. Pero en ellas la fe nos permite sacar una enseñanza de Misericordia: "si no os convertís, todos igualmente pereceréis". La vida humana es frágil, sujeta a tragedias imprevistas y a calamidades inesperadas. Si no nos acercamos a la Misericordia de Dios con nuestra conversión diaria, nuestra vida perecerá víctima de su irremediable fragilidad.

La fragilidad de nuestra vida puede hacer que esta quede arrancada y talada de raíz. Sin embargo, la conversión a Dios nos abre el camino para liberarnos de esta maldición y reemprender el camino del sentido y del fruto. Moisés encontró a Dios en la zarza ardiente del monte Horeb, y escuchó al Dios Compasivo y Misericordioso "que conoce el sufrimiento de su pueblo y está dispuesto a socorrerlo con mano poderosa". Hoy nosotros tratamos de limpiar nuestros ojos para percibir ese Amor de Dios siempre renovador, y así poder empezar de nuevo nuestra lucha en este camino de Cuaresma. Veamos todo lo que nos pasa en la vida, los momentos buenos, los de parálisis e incertidumbre, los más desgraciados...como diversas ocasiones en las que podemos acudir a la Misericordia de Dios para encontrar refugio y nuevos impulsos para el crecimiento.

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