domingo, 24 de febrero de 2013

Siempre se puede subir (Cuaresma II)

Cada vez más personas comprueban con pena que es más interesante dedicarse a los documentales de la tele que a ver los Telediarios. Al menos, dicen, son entretenidos, no te amargan las ganas de vivir y puedes dar a Dios gloria por lo bien que ha hecho este mundo que a nosotros tanto nos gusta estropear. Y es que ante el panorama que nos presenta tantas veces la realidad informativa, llena de sujetos poco recomendables en juzgados, tribunas, platós y entrevistas, más de uno acaba de exhalar el último aliento que le queda y empieza a sentir el desánimo de pensar que esto ya no tiene arreglo. Cuesta mucho echar cuentas con la fragilidad que nos rodea, como humanos, y cuyos efectos más negativos estamos viendo en la sociedad, en la Iglesia misma y en nuestra propia alma. Ante tanta miseria, caídas y fragilidades, ¿tendrá sentido seguir soñando en subir y tocar el Cielo? ¿O nos pasamos definitivamente a los documentales de los leones marinos en las frías aguas del Antártico?

Parece que las lecturas de hoy nos hacen caer en la cuenta de que la fragilidad de las personas humanas, aunque sea irremediable, no es obstáculo para que Dios saque adelante sus planes. Frágil es Abram, quien en el momento supremo de la Alianza es vencido por un pesado sueño y un inquietante terror profundo y oscuro. Frágil es la comunidad de Filipos, la amada corona de san Pablo, que pese a llevar una vida modélica alberga en su interior individuos que con "enemigos de la Cruz de Cristo...solo aspiran a placeres terrenos". Frágil es san Pedro, quien en plena irradiación de la bellísima Gloria de Jesucristo en las alturas de la montaña cae rendido por la fatiga...o habla "sin saber lo que decía". Estos son los mimbres que tuvo, ha tenido, y tendrá Dios para salvar a este afligido mundo.

Mimbres frágiles, pero útiles para el plan salvador del Todopoderoso. Abram, recuperado, recibe la promesa divina de heredar una tierra inmensa y riquísima. Los filipenses son de nuevo exhortados "a transformar su condición humilde en una gloriosa, según la energía que posee Cristo". Y Pedro, con Santiago y Juan, entran finalmente en la nube de la Divinidad y escuchan en el corazón las palabras arcanas del Padre: "Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadle". Una y otra vez se nos enseña que es imposible para los hombres salvar su propia vida, pero que Dios todo lo puede. Con mimbres deshilachados, hace cestos de exposición. Y así a nuestra fragilidad siempre le queda la esperanza de ser socorrida por la "energía de Cristo".

Nunca se agota ese recurso energético. Y en él está la verdadera energía renovable para nuestra vida , para nuestra Iglesia y para nuestro mundo. Por eso nunca nos desanimamos, por más desalentadoras que sean las noticias que se nos ofrecen en estos días. Ante las desagradables noticias sobre la sociedad o la Iglesia, ante las propias constataciones de nuestra pobreza moral o existencial, siempre es posible una transfiguración. Siempre es posible "un cambio de rostro" en la realidad que vemos, porque siempre es posible para Dios actuar y cambiarnos la cara a nuestro mundo.

Y lo hará si se lo pedimos. Jesús llena su Rostro Amabilísimo de luz cuando se pone en oración, en lo alto de las montañas, junto a Moisés y Elías. También nosotros tenemos a mano ese recurso maravilloso de la oración silenciosa, de la lectura de la Sagrada Escritura  para encontrarnos con nuestro Padre Dios y pedirle una vez más que ayude a sus hijos. La solución de las fragilidades y miserias está siempre más cerca de la oración que de los lamentos y desánimos. Volvamos a retomar la esperanza de poder subir de nuevo, y llenemos nuestra oración de súplicas a nuestro Padre Dios para que esta sociedad, nuestra vida, la Iglesia, se transfiguren, y este mundo sufriente, por el poder de Dios, cambie su rostro en aquella hermosura que su Creador deseó para El.

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