Meter la pata es algo que con frecuencia se nos da espléndidamente bien. Y además, nos suele pasar con las personas que más bienes y bendiciones han derramado en nuestra vida. Quizás por eso nos sentimos en el fondo del corazón tan identificados con los tres grandes lienzos de patas bien metidas que nos muestran las lecturas de este Domingo. El pueblo de Israel paga con la apostasía al Dios que le ha mimado como a su hijo predilecto sacándole del infierno egipcio y arropándole en su larga travesía por el desierto. David comete delante de Dios un terrible adulterio después de haber sido conducido por la Providencia a la seguridad y la cumbre del trono de Israel. Saulo, formado en las excelencia más acabada de la religión de Israel, termina definiéndose como "blasfemo, perseguidor y violento". Somos ciertamente capaces de lo peor, hasta un extremo difícil de imaginar.
Pero esto no es cuestión de fe, sino de evidencia. Lo que es verdaderamente cuestión de fe es confiar incansablemente en la capacidad que tiene Dios de enderezar y sanar una y otra y otra y otra y otra vez nuestros patinazos, resbalones en el aire y meteduras en el hoyo. Es increíble cómo puede hacerlo. Pero lo hace. Si crees en El. El Pueblo de Israel al final llegó a la tierra prometida. El rey David terminó sus días en la paz de Jerusalén, tras 40 años de glorioso reinado. Saulo llenó el mundo del amor de Cristo firmando sus cartas como san Pablo. Tú también, aunque metas la pata, tienes arreglo, como ellos lo tuvieron. Si tienes fe.
Porque sólo al fe es capaz de conducirnos al acto interior por el que abrimos la puerta a Dios, que como un fisioterapeuta comienza entonces a recuperar las piernas rotas de nuestro corazón. Israel, David y Saulo, se arrepintieron. Y David con el precioso salmo 50, el Miserere, que hemos tenido hoy como salmo responsorial. Un corazón arrepentido es un corazón que tiene arreglo. Así nos lo enseña Jesús en la parábola del hijo pródigo, que es como la culminación del hundimiento y de la salvación. Y es en esta parábola como vemos el modo en el cual Dios nos hace llegar su sanación: con un abrazo. El abrazo del Padre Misericordioso al hijo que vuelve destrozado pero arrepentido.
Cuando el arrepentimiento que germina de nuestra fe toca la inmensa compasión de Dios se produce ese abrazo. Se recibe la sanación. Se perdona el pasado y se abre en horizonte inabarcable el futuro. En ese abrazo se corrige lo torcido, se purifica lo contaminado, y se hunde toda culpa en ese abismo imposible de sondear que es el de la Misericordia de nuestro Dios. Ese abrazo, hecho de arrepentimiento humano y compasión divina, es el poder más grande que se pone a nuestro alcance para enderezar nuestra vida una y otra, y otra, y otra vez.
Somos capaces de lo peor, pero Dios es capaz de lo imposible. Confiemos siempre en el poder de su bondad, pongamos nuestro corazón al alcance de su abrazo, y sintamos que todo nuestro interior vuelve a funcionar. Nunca hay nada perdido. Nunca nada se pone lo suficientemente lejos de este Padre buenísimo, que te busca con el ansia del pastor a su oveja, de la mujer a su moneda, del Padre a su hijo perdido que vuelve, con la cara sucia de dudas, pecados y tropezones, pero con el corazón encendido en fe y arrepentimiento.
Qué hermoso es caminar por la vida con esta red bajo tu cuerda floja. María te ayudará a grabar en tu corazón esta confianza, porque Ella es la Madre de Misericordia, la mano tierna que nos sana las heridas y nos pone en el camino de ese abrazo que todo lo eleva.
No hay comentarios:
Publicar un comentario