domingo, 20 de enero de 2013

¿Has visto tus regalos? (Domingo IIC)

Pocas cosas hay en el mundo tan injustamente repartidas como la riqueza material. ¿No nos llena de escándalo y de cierta impaciencia las noticias de corrupciones y enriquecimientos ilegales? ¿No nos aprieta el corazón ver a tantas personas tirando sus riquezas al viento mientras las colas de Caritas alcanzan niveles nunca vistos?. Está claro que a los humanos, en general, no se nos da muy bien repartir las cosas con justicia. Afortunadamente, no todo lo repartimos nosotros, pues hay cosas cuyo origen y distribución se nos escapan, como son las riquezas interiores y espirituales. Como nos recuerda san Pablo, todas ellas vienen del Espíritu Santo, que, ese sí, reparte a cada uno lo suyo, con divina e infalible justicia.

Todos hemos recibido, por tanto, los regalos adecuados de ese gran repartidor de dones que es el Espíritu Santo. Porque, en el fondo, si algo hemos visto en Navidad, es que nuestro Dios es el Dios Regalo. El mismo se nos entrega a nosotros, con las increíbles riquezas de su Amor infinito, envuelto en el hermoso papel de la Humanidad Santa de Jesús. Nuestro intercambio navideño de regalos viene a ser un pálido reflejo de ese Regalo Infinito que es la Encarnación del Hijo de Dios en medio de nosotros. Nosotros, pobres de solemnidad, somos enriquecidos con ese traje de gala, esa diadema real, ese manto de triunfo con el que Isaías animaba a la decaída comunidad israelita. Israel es como una chica pobre, que sin embargo ha tenido la incomprensible fortuna de enamorar a un riquísimo Novio, que es capaz de enriquecerla para poder desposarse con ella. En el fondo, todos los regalos que recibimos de Dios son regalos de bodas. Todos ellos nos los distribuye el Espíritu Santo para que nuestra pobre vida, como de mísera chiquilla de serial romántico, pueda desposarse dignamente con el Amor Divino.

Regalos se nos dan, Dios no sabe hacer otra cosa. Adecuados a nuestras necesidades de modo perfecto, pues los distribuye la eterna Sabiduría del Espíritu Santo. Entonces, ¿por qué nos parece que andamos tan pobres por la vida? Posiblemente podamos concluir que la única explicación coherente con nuestra fe cristiana es que no sabemos verlo. Dios no puede fallar en sus dones, nuestra vista, lo hace con mucha más frecuencia de la que nos haría felices. Basta fijarse en el inmenso regalo de bodas que Jesús dejó en Caná de Galilea, cuya historia bien conocemos. La inmensa mayoría de invitados ni se enteró del prodigio que Jesús había regalado a toda aquella asamblea festiva. Es de esperar que a esas alturas de la fiesta, conociendo nuestras bodas, no estarían en condiciones de fijarse en cosas de cierta delicadeza. El mayordomo, que sí que constató la aparición de un vino extraordinario, no sabía sin embargo de dónde venía. Estaba en condiciones de apreciar tan delicado regalo, pero no de ver de quién venía. Sólo los discípulos, que estaban con María invitados a la boda, supieron ver el regalo en toda su magnitud. No sólo era un prodigio. Era un don de Dios, con el que Jesús manifestaba su gloria para solicitar su fe.

Piensa si eres capaz de ver así todos los regalos que Dios pone diariamente en tu vida. Sería triste que las prisas, las preocupaciones o tus propios esquemas cuadriculados no te pusieran en condiciones de percibirlos, como la masa de los invitados a la boda de Caná. Sería también muy pobre que al ver las riquezas que tienes, materiales, interiores o biográficas, las constataras sin referirlas a su verdadero origen, como hizo el mayordomo. ¿No pensamos a veces que su origen es la casualidad, o el estar en racha, o el tener suerte o...? Pidamos a María los ojos del verdadero discípulo, siempre atento a descubrir nuevos regalos de Dios en su vida y a saberlos interpretar. Acudamos hoy a Nuestra Señora, Maestra de la fe y Mediadora infalible entre nuestra profunda miseria ("no tienen vino", podría decir tantas veces de nuestros pobres corazones) y la abismal Misericordia de Jesucristo ("haced lo que El os diga", nos repite tantas veces, porque lo que El nos pide hacer es, en definitiva confiar en su Misericordia). Acudamos a la Virgen que puede perfeccionar nuestros ojos para  que no dejen escapar ni uno sólo de los regalos de bodas que Dios nos ofrece a diario. Y le damos gracias, porque cerca de Ella, el regalo llega "antes de la hora prevista", como sucedió en Caná. Un regalo verdaderamente express.

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