De vez en cuando tenemos que recordar que tenemos los dos pies colocados cada uno en un plano distinto. Con un pie vamos dando pasos en el tiempo, resolviendo nuestras tareas diarias y buscando aprovechar en cada jornada los bienes y recursos de los que disponemos. Con el otro, sin darnos cuenta, vamos caminando hacia las "moradas eternas", esas moradas de las que uno puede tomar posesión gracias a la Resurrección de Cristo que celebramos en cada Domingo. Nuestro tiempo desemboca en la eternidad. De lo que se trata es que en este recorrido nuestros pies vayan a la par, sin dislocaciones. Se trata de "hacernos amigos con nuestros bienes para que, cuando nos falten los bienes temporales, nos reciban en las moradas eternas". Ese es el intenso recuerdo que nos quiere dejar en el alma el Evangelio de hoy.
Por eso se nos llama la atención sobre la figura del administrador injusto. Un perfecto corrupto, como el Mateo que celebrábamos ayer, que pasa su vida resolviendo sus tareas diarias simplemente en su propio beneficio. Un perfecto especialista en la lógica del capitalismo salvaje que tanto denunció Juan Pablo II, y cuya dogma se resume en una frase: máximo rendimiento y beneficio para mis bienes a costa de quien sea y lo que sea. Pero así nos torcemos el pie. Cuando llega la eternidad, el momento de encontrarnos con ese "Señor muy rico" que es nuestro Padre Dios, recibimos una verdadera dislocación: "estás despedido". Así no se entra en las moradas eternas. No pintamos nada en ese espacio, que se rige por el dogma de la Cruz: "máximo rendimiento y beneficio para los demás aunque sea a mi propia costa". Se trata por tanto de administrar todo lo que Dios nos ha regalado en esta vida, nuestro tiempo, nuestros talentos y capacidades, nuestra formación, nuestros medios económicos y materiales buscando sacarles el máximo rendimiento posible. Pero no para nuestro derroche egoísta, sino para "hacer amigos", para beneficiar a los que nos necesitan. Por eso la gran pregunta que nos deja esta enseñanza es ¿a quién beneficia mi vida? Si la respuesta está poblada de muchos amigos, tu camino hacia las moradas eternas va a buen paso.
Y si no, rectifica. A veces el examen sincero de nuestra vida nos muestra un enorme derroche cuajado de egoísmo, como el del administrador corrupto. Cuánto tiempo perdido, cuántas decisiones egoístas, cuántas ocasiones que el río de la vida se llevó corriente abajo sin que pudiéramos sacar partido de ellas en favor de nadie. Cuántas razones para enderezar la vida y reprogramar nuestras inversiones de tiempo, ilusión y medios. Porque nuestra vida siempre se puede enderezar, aunque esté pringada de egoísmo hasta la médula. Hasta aquél administrador corrupto recibe una alabanza de parte de su Señor: al menos es astuto. Dios tiene una infinita capacidad para subrayar con luz nuestro perfil bueno, aunque a veces se queda en lo invisible. Dios siempre puede llamar a nuestro corazón con el sector bueno que aún late en él. Y así, consigue pescarlo y sacarlo a flote, como hizo con el mismo san Mateo, a quien Jesús llamó de corrupto a Apóstol.
Dios siempre nos mira bien, aunque nosotros usemos de nuestros medios egoístamente mal. Esa es nuestra esperanza. Y eso nos recuerda una segunda cosa en este domingo. Tenemos una responsabilidad personal e ineludible de cara a cómo invertimos nuestra vida en el camino hacia la eternidad. Pero también sabemos que en esa enorme responsabilidad entra la eterna mirada misericordiosa de Dios, que como nos recordaba san Pablo, "quiere que todos los hombres se salven". Nuestro Padre Dios mantiene siempre sobre nuestra vida la mirada de una Madre, que sabe llenar de amor sus pupilas aunque su hijo sea un desastre y no pare de darle disgustos egoístas. Es esa inquebrantable confianza maternal que Dios tiene en nosotros la que nos engancha a la esperanza una y otra vez, y la que ayuda a enderezar de nuevo nuestros pasos aunque las piedras del camino hayan herido y deformado nuestros pies.
Responsabilidad personal en nuestra vida y confianza absoluta en el Dios que siempre la puede salvar, un binomio difícil de mantener en equilibrio, pero que la fe hace aparecer con claridad. Suma exigencia con nosotros mismos, sin dejar que ni un minuto, ni un talento, ni un euro se pierdan en inversiones que conducen a nuestro propio egoísmo. Así la inversión quedará depositada en las moradas eternas. Y al mismo tiempo, Suma confianza en que Dios nos seguirá prometiendo la eternidad aunque nuestras inversiones se pierdan en el derroche y los agujeros de nuestros bolsillos, siempre y cuando sepamos acogernos a su Misericordia. Un equilibrio que los niños recogen naturalmente de sus madres, y que nosotros aprenderemos mirando a la Virgen, que nos anima cada día a entregarlo todo con exigencia por Dios y por sus amigos y al mismo tiempo nos acompaña con su dulce mirada para que reposemos confiadamente en el camino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario