domingo, 1 de febrero de 2015

La Palabra que nos arregla (Domingo IV T.O.)


Todavía hoy nos impactan las escenas evangélicas protagonizadas por los endemoniados. Más allá de la parafernalia de grandes efectos dramáticos, nos suelen impresionar porque nos muestran casos extremos de hasta qué punto puede quedar destruido un corazón humano. Vemos hoy a una persona llena de orgullo, desprecio, violencia y agresión a sí mismo. Casos terribles que si muchas veces pueden explicarse desde la psicología o la psiquiatría, no por ello dejan de traslucir un inquietante trasfondo sobrenatural. Más allá de trastornos clínicos, la mirada de la fe descubre como factor sobrenatural de estos sucesos la acción del diablo. Y no sólo en casos individuales, sino en tantos fenómenos como en la sociedad actual podemos sufrir esta extensión del orgullo, del desprecio, de la violencia, de la inmolación de la propia vida para destruir vidas ajenas.

Estos casos extraordinarios, a la vez, nos llaman la atención sobre nuestra propia vida ordinaria. También nosotros, a pequeña escala, nos percibimos a veces aguijoneados por el orgullo, desprecio, violencia...e incluso un excesivo menosprecio de nosotros mismos. Especialmente dolorosa es esta situación cuando experimentamos sus efectos destructores en donde más nos duele, que habitualmente es en nuestra familia. San Pablo presentaba hoy en la segunda lectura el precioso ideal del matrimonio cristiano: “El marido contenta a su mujer y la mujer busca contentar a su marido”. Fórmula preciosa que respira igualdad y deseo de servicio y cuidado mutuo. Pero en el día a día... ¡cuántas veces los rotos del corazón nos impiden vivir así! Buen mes, este de san Valentín, para repasar los rotos del corazón, el cual, aunque no llegue a la destrucción que vemos en los endemoniados, si que presenta al menos las mismas grietas demasiadas veces.

Si vemos así nuestro corazón, tenemos también la buena noticia de hoy: el demonio es vencido absolutamente por la autoridad de Jesucristo. Hoy el Señor sorprende a todo el mundo con su poder sanador, hasta tal punto que todos reconocen que están en presencia de algo nuevo, de un Maestro que no sólo enseña doctrinas o diagnostica problemas, sino de un profeta cuya palabra está llena del poder infinito del Dios Creador. Jesús es el profeta verdadero y definitivo, que anunció Moisés en la primera lectura de hoy, porque su Palabra tiene tal energía que “hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”.

Así, el corazón duro, inmundo, e incluso destruido por la corrosión del demonio, recibe hoy la esperanza de curarse con la Palabra de Dios. “Escuchad hoy su Voz para que no se endurezca vuestro corazón”, hemos respondido hoy en el salmo. Jesús no sólo es el Pescador divino que nos arranca del mar tempestuoso con el poder de su Mano; también es el Profeta definitivo, que nos sana el corazón con el poder de su Palabra.

Ya sabemos donde buscar la sanación cuando el corazón se empiece a mostrar “endemoniado”, especialmente cuando notamos que se nos “endemonia” la vida del hogar. Escuchar juntos la Palabra de Jesús. No la encontraremos de forma extraordinaria, como la encontró el pueblo de Israel cuando muerto de miedo creyó morir al escuchar la voz de Dios entre los relámpagos del Sinaí. A Jesús podemos escucharle de forma ordinaria y sencilla, leyendo el Evangelio, haciendo oración, descubriendo sus señales en los pequeños milagros de cada día. ¡Qué bendición para una familia cuando unidos ponen todos sus corazones a la escucha de la palabra de Jesús!. ¡Qué inagotable ocasión de sanación y renovación para una familia y un corazón!

Hagamos ese propósito de escuchar con más atención y frecuencia la Palabra de Cristo. Unidos a María, quien conservaba en su Corazón todas las palabras de su Hijo, recibamos con un oído atento y creyente esta Palabra bendita, que nos protegerá de las maldiciones y heridas con las que el diablo pretende proseguir su labor entre nosotros.

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