Todavía hoy nos impactan las escenas evangélicas
protagonizadas por los endemoniados. Más allá de la parafernalia de grandes
efectos dramáticos, nos suelen impresionar porque nos muestran casos extremos
de hasta qué punto puede quedar destruido un corazón humano. Vemos hoy a una
persona llena de orgullo, desprecio, violencia y agresión a sí mismo. Casos
terribles que si muchas veces pueden explicarse desde la psicología o la
psiquiatría, no por ello dejan de traslucir un inquietante trasfondo
sobrenatural. Más allá de trastornos clínicos, la mirada de la fe descubre como
factor sobrenatural de estos sucesos la acción del diablo. Y no sólo en casos
individuales, sino en tantos fenómenos como en la sociedad actual podemos
sufrir esta extensión del orgullo, del desprecio, de la violencia, de la
inmolación de la propia vida para destruir vidas ajenas.
Estos casos extraordinarios, a la vez, nos llaman la atención
sobre nuestra propia vida ordinaria. También nosotros, a pequeña escala, nos
percibimos a veces aguijoneados por el orgullo, desprecio, violencia...e
incluso un excesivo menosprecio de nosotros mismos. Especialmente dolorosa es
esta situación cuando experimentamos sus efectos destructores en donde más nos
duele, que habitualmente es en nuestra familia. San Pablo presentaba hoy en la
segunda lectura el precioso ideal del matrimonio cristiano: “El marido contenta
a su mujer y la mujer busca contentar a su marido”. Fórmula preciosa que
respira igualdad y deseo de servicio y cuidado mutuo. Pero en el día a día...
¡cuántas veces los rotos del corazón nos impiden vivir así! Buen mes, este de
san Valentín, para repasar los rotos del corazón, el cual, aunque no llegue a
la destrucción que vemos en los endemoniados, si que presenta al menos las mismas
grietas demasiadas veces.
Si vemos así nuestro corazón, tenemos también la buena
noticia de hoy: el demonio es vencido absolutamente por la autoridad de
Jesucristo. Hoy el Señor sorprende a todo el mundo con su poder sanador, hasta
tal punto que todos reconocen que están en presencia de algo nuevo, de un
Maestro que no sólo enseña doctrinas o diagnostica problemas, sino de un
profeta cuya palabra está llena del poder infinito del Dios Creador. Jesús es
el profeta verdadero y definitivo, que anunció Moisés en la primera lectura de
hoy, porque su Palabra tiene tal energía que “hasta a los espíritus inmundos
les manda y le obedecen”.
Así, el corazón duro, inmundo, e incluso destruido por la
corrosión del demonio, recibe hoy la esperanza de curarse con la Palabra de
Dios. “Escuchad hoy su Voz para que no se endurezca vuestro corazón”, hemos
respondido hoy en el salmo. Jesús no sólo es el Pescador divino que nos arranca
del mar tempestuoso con el poder de su Mano; también es el Profeta definitivo,
que nos sana el corazón con el poder de su Palabra.
Ya sabemos donde buscar la sanación cuando el corazón se
empiece a mostrar “endemoniado”, especialmente cuando notamos que se nos “endemonia”
la vida del hogar. Escuchar juntos la Palabra de Jesús. No la encontraremos de
forma extraordinaria, como la encontró el pueblo de Israel cuando muerto de
miedo creyó morir al escuchar la voz de Dios entre los relámpagos del Sinaí. A
Jesús podemos escucharle de forma ordinaria y sencilla, leyendo el Evangelio,
haciendo oración, descubriendo sus señales en los pequeños milagros de cada día.
¡Qué bendición para una familia cuando unidos ponen todos sus corazones a la
escucha de la palabra de Jesús!. ¡Qué inagotable ocasión de sanación y renovación
para una familia y un corazón!
Hagamos ese propósito de escuchar con más atención y
frecuencia la Palabra de Cristo. Unidos a María, quien conservaba en su Corazón
todas las palabras de su Hijo, recibamos con un oído atento y creyente esta
Palabra bendita, que nos protegerá de las maldiciones y heridas con las que el
diablo pretende proseguir su labor entre nosotros.

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