El pasado domingo la Liturgia nos recordaba la primera
alianza de Dios con nosotros, realizada en la persona de Noé después del
diluvio. Tras la tormenta, Dios dibujaba en el cielo un arco iris, significando
así que el puente que une el amor del Dios del Cielo hacia sus criaturas en la
tierra no se rompería nunca. Empezábamos pues la Cuaresma con un mensaje de
esperanza, y la seguimos con una llamada de advertencia.
Es muy hermoso tener siempre un puente de colores entre Dios
y la propia vida, pero hoy se nos advierte que los sufrimientos y pruebas de la
vida pueden deteriorar y hacer temblar el puente que en sentido inverso une
nuestra vida con Dios. En Aragón no se habla hoy de otra cosa que de la crecida
del Ebro, que mañana seguramente llegará a Zaragoza...menos mal que allí está
la Virgen del Pilar para detener las aguas caudalosas!. Pero otros pueblos no
tienen tan buena defensora. Aguas arriba la crecida del Ebro se ha llevado
diques y carreteras. Como en nuestra misma vida: hasta el puente más recio se
puede venir abajo cuando crecen las dificultades y las pruebas que nos parecen
imposibles de superar.
Sólo la confianza en Dios puede hacer que los puentes, aún
temblando, no se vengan al cauce del río. Hoy Abraham recibe una prueba
terrible en su experiencia con Dios: “Ofréceme al hijo que amas en sacrificio”.
De nuevo, nuestro modelo de fe es probado allí donde más le duele. Como tantas
veces nosotros. Una petición terrible, que sin embargo no se queda en el mero
contenido (en aquella época, hace 4000 años, era relativamente normal ofrecer
grandes ofrendas a los terribles dioses paganos sacrificando a los hijos) sino
que encierra un mensaje: el sacrificio y la prueba, aceptados en fidelidad a
Dios, llevan siempre a la vida y a la bendición.
Abraham no deja que se caiga el puente de su alianza de fe. La
guarda hasta el final, y a cambio Dios no sólo le releva de ofrecer el horrible
sacrificio sino que además le regala un Carnero para que lo ofrezca en su
lugar. Demasiado parecido al Cordero que el Padre Dios ofreció por nuestra
salvación como para no pensar en Él. Lo recuerda hoy san Pablo: “El Padre Dios
entregó a su Hijo en la Cruz por
nosotros”. Dios saca vida del sacrificio de su Hijo para concedérsela a los que
guardan la alianza de la fe.
Abraham, además, no se va de vacío. Su fidelidad en la
prueba oscura le trae una inmensa bendición, de modo parecido a como el
sacrificio de Cristo trae vida y bendición para toda la humanidad. Nos dice
también san Pablo: “Cristo murió, resucitó, y está a la derecha de Dios
intercediendo por nosotros”.
Tomemos nota de esta advertencia: hay que prepararse para
poder mantener la alianza de fidelidad con Dios cuando todo en nuestra vida de
fe se tambalee. Hay que guardar en el corazón estos dos ejemplos: primero el de
Abraham, sobre todo el de Jesucristo. Vale la pena perseverar en el esfuerzo
fiel cuando se está cierto del premio de gloria.
Para subrayar esta certeza se nos presenta hoy el evangelio
de la
Transfiguración. Pedro, Santiago y Juan, tranquilos
pescadores de la orilla del mar, tienen que atreverse a subir el empinadísimo
monte Tabor porque Jesús les lleva allí. Sólo El sabe por qué. Podemos imaginar
su subida, cansados, quejándose, renegando que qué estaban haciendo allí,
deshaciéndose los pies con las pendientes pedregosas... Y sin embargo todo valió
la pena al llegar: “Maestro, qué bien se está aquí”. Después del sacrificio,
vida siempre y bendición.
Pasemos por estos ejemplos nuestras vivencias de prueba y
sufrimientos en el claroscuro de la fe, y sintamos siempre cerca la mano fuerte
y consoladora de Jesucristo con nosotros. Los tres apóstoles más de una vez serían
ayudados por un empujoncito del Señor en la subida. Pidamos a
Jesús que sea su Mano la que nos impulse, la que nos guíe, la que nos abra un
nuevo escenario de esperanza y la que mantenga nuestra mano firme en todos esos
sufridos pulsos con lo que la vida dura pretende tumbar la fidelidad de nuestro
amor a Dios.

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