Aunque el santo Job suele pasar por un acabado modelo de la
virtud de la paciencia, en el fondo la lectura de su largo libro en la Sagrada Escritura
nos deja una realidad bien distinta: Job es en verdad un modelo acabado del
sufrimiento que la enfermedad, las calamidades y la desesperación pueden
generar en la vida de una persona. Hoy leemos unas expresiones que así nos lo
recuerdan: “Me asignan noches de fatiga. Mis días corren más que la lanzadera,
y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos
no verán más la dicha”. Son palabras que quizás alguna vez incluso han llegado
a reflejar el estado de nuestro corazón en momentos especialmente duros de
nuestro camino. Con ello se nos recuerda la atención y la compasión con la que
nuestro Dios escucha el clamor de sus hijos enfermos. Todo un libro de la Sagrada Escritura
está dedicado a ello, y todo el Infinito Corazón de nuestro Padre de Dios se
vuelca hacia nosotros cuando en esta vida nos golpea el sufrimiento, la
calamidad o la desesperación.
San Pablo en la segunda lectura nos decía que se había hecho
débil con los débiles para salvarlos fuera como fuera. Es un reflejo de lo que
Dios hace con sus hijos. No sólo se vuelca hacia su debilidad, sino que se hace
débil como ellos, para salvarlos a partir del sufrimiento compartido. El Hijo
de Dios no sólo se vuelca con nuestra debilidad, sino que la comparte, hasta el
extremo de Getsemaní y del Calvario. Es la reacción de Dios, reflejada en la Santa Humanidad
del Salvador, ante el clamor de sus hijos sufrientes: acudir a sufrir a nuestro
lado y de nuestro lado.
Precisamente el Reino de Dios, que Jesús proclama en los
primeros capítulos del Evangelio de Marcos en estos domingos, consiste en esa
presencia de Dios a nuestro lado y de nuestro lado, “porque el Reino de Dios está
entre vosotros”. Porque está a nuestro lado, nos ofrece siempre la compañía, la
misma que una madre generosa ofrece a su hijo enfermo de gripe (como vemos que
pasa en estos congelados días de febrero) junto a su cama. Porque está de
nuestro lado, nos presta siempre su fortaleza y su ánimo para que podamos
luchar contra el dolor y el abatimiento.
Allá donde está un hijo de Dios que sufre, está esa
presencia palpitante y acogedora de su Padre Dios, a su lado y de su lado. Por
eso Jesús, al proclamar la venida del Reino de Dios, dedica la mayor parte de
su ministerio a atender a los que sufren: “Curó a muchos enfermos de diversos
males y expulsó muchos demonios”. No sólo a sus íntimos, a los Apóstoles recién
llamados por El y sus familias, no sólo a los habitantes de Cafarnaúm que le
escuchaban con tanto entusiasmo. El celo de Jesús por los dolientes se extiende
a toda Galilea, y podemos comprender fácilmente que quiere expandirse por el
mundo entero, y por cada uno de nuestros hogares: “Vámonos a otra parte, a las
aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”. Allá
donde está un cristiano que sufre, está esa presencia palpitante y acogedora de
Jesucristo, a su lado y de su lado.
Vamos a pedir para nuestros enfermos que sepan acoger esta
presencia viva del Reino de Dios que Jesucristo les ofrece. A veces nos
limitamos a presentar nuestros lamentos, como Job. A veces pensamos que Dios se
desentiende de nuestros dolores y sufrimientos, como si estuviera desbordado
por la cantidad de problemas que conlleva el gobierno del Universo. A veces
pensamos que le resulta indiferente y a veces hasta llegamos a pensar que El
está detrás de ellos. Como si Dios estuviera contra nosotros, podemos pensar
que las enfermedades y calamidades que nos trae la vida son órdenes directas de
la Voluntad Divina,
como castigo, como escarmiento, como capricho, como crueldad... Jesús nos
recuerda con el Evangelio de hoy la relación que Dios tiene con nuestro sufrir:
nunca contra nosotros, siempre por nosotros y con nosotros.
Vamos a pedir para todos ellos que puedan acoger con
serenidad la compañía del Padre Dios en el sufrimiento, que sepan recibir la
fuerza del Crucificado para seguir luchando, y que puedan ser iluminados por el
Espíritu Santo para que sepan dar un sentido y un valor a las situaciones de
sufrimiento y limitación. Y si es Voluntad de Dios, pediremos finalmente que
reciban la sanación. Vamos
a pedirlo especialmente a través de la Virgen, a quien recordaremos esta semana
en la advocación preciosa de Nuestra Señora de Lourdes. Millones de personas
han pasado por el hogar que la Madre abrió en Lourdes a todos los enfermos de
cuerpo y alma. Algunos han sanado, pero todos han vuelto con el calor y la
fortaleza que Dios regala allí a través de Nuestra Señora. Que a través de Ella
podamos experimentar, como decíamos en el salmo, que “el Señor sana los
corazones destrozados”. Porque sanar el corazón acogiendo la presencia del
Reino de Dios con todo lo que nos trae, es el primer paso para conseguir la
sanación integral de la persona y para convertir el sufrimiento y el dolor en
un camino para acercarse al Reino que Dios concede de modo especial a sus hijos
enfermos.

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