EVdHOY:
"Jesús llamó a aquella mujer enferma y encorvada y le dijo: 'Mujer,
quedas libre de tu enfermedad'.Le impuso las manos, y en seguida se puso
derecha". Años de enfermedad para aquella mujer, encorvada sobre su
cuerpo, y quizás también sobre su corazón, se desvanecieron cuando Jesús
la miró con compasión y la sanó con sus propias manos. Cada vez que nos
confesamos se revive esta escena. Nuestro
corazón reseco y encorvado se pone derecho y en pie cuando el sacerdote
nos trae la Misericordia del Corazón de Jesús y la ternura sanadora de
las Manos de Cristo. Todo lo que nos ata se desvanece ante el poder
sanador de Jesús en la Confesión, cuando acudimos a ella con humildad y
con un corazón dispuesto a volver a empezar.
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