domingo, 6 de febrero de 2011

Una mecha muy pobre para una luz tan Grande (Domingo V T.O.)

Un buen maestro no se olvida. Alguien que con palabras sencillas te ha ayudado a comprender cosas complicadas es uno de los grandes tesoros que nos podemos encontrar en nuestra vida. Todos tenemos en la memoria el nombre de algún profesor que se esforzaba en enseñarnos cosas casi incomprensibles con ejemplos e ilustraciones al alcance de todos. Así habla Jesús, que no sólo es un buen maestro, sino que de hecho es el Divino Maestro, Dios que ha venido entre nosotros para enseñarnos la asignatura más importante de la vida: ser feliz amando a Dios y a los hermanos.

Esta enseñanza, desde luego, está dada para que llegue al mayor número de personas, de hecho el auditorio que busca el Señor es la humanidad entera, toda ella necesitada de esa felicidad única que El ofrece y enseña a alcanzar. Por eso habla para todos, y por eso define el perfil de sus alumnos con dos palabras familiares y domésticas: sal y luz. Para que todos entendamos lo que El espera de nosotros: una profunda vida interior, modelada con las bienaventuranzas que escuchábamos el domingo pasado, y a la vez una intensa actividad hacia fuera, como el derramarse de la sal o el amanecer de la luz.

Y es que el cristianismo nunca ha sido una religión de invernadero, un conjunto de ideas o creencias para vivir en la intimidad de mí mismo y allí buscar una felicidad a medida o al menos una tranquilidad que me resguarde de las tormentas de la vida y de los problemas ajenos. Más bien el cristiano es un árbol de altura, como esos recios y achaparrados arbolillos que coronan las montañas esculpidos y trabajados por los vientos, expuesto a la vista de todos los que pasan. Somos “una ciudad puesta en lo alto de un monte”, y por eso nuestra vida interior está irremisiblemente llamada a hacerse transparente, como una luz, de cara al exterior.

Esa luz que transparenta nuestra vida de fe es, como nos recuerda hoy el Divino Maestro en el pasaje del Sermón de la Montaña que acabamos de escuchar, la que se desprende de nuestras buenas obras. La estela luminosa que un cristiano está llamado a dibujar en su caminar por la vida está hecha de pequeños puntos de luz, que son las obras que realizamos impulsados por el Amor que Dios siembra en nosotros. Por eso esas “buenas obras” son más grandes que nosotros mismos, pues en ellas reverbera el Amor infinito de Dios, como un destello de la gloria de Dios, de modo que Jesús nos dice que el brillo de nuestras obras es “para que los hombres den gloria a vuestro Padre, que está en el Cielo”. La gloria invisible y arrebatadora del Dios Amor se deja vislumbrar en cada pequeña obra de amor, de gloria, que hace un cristiano.

Es una inmensa posibilidad, ser como candelas que reciben en su pobre mecha la luz inefable de Dios. Y es también, cuidado, una gran responsabilidad. Es absurdo ver una “lámpara para ser puesta bajo un celemín”, bien tapada y oculta. Más lo es un cristiano, lámpara encendida por Dios en medio del mundo, que se oculte o que “encierre en su propia carne”, como nos decía Isaías, la luz que Dios le ha dado. El juicio que recibe de Dios es similar al de la sal que pierde el sabor que da sentido a su presencia en el mundo: “no sirve más que para ser arrojada fuera y que la pise la gente”. ¿De qué le sirvo a este mundo, a la gente, si no hago brillar la luz que Dios espera de mí?

Palabras de examen, sin duda, las que nos pone el Maestro antes de seguir adelante con el Sermón de la Montaña. Pero nunca palabras que nos muevan a desesperar, pensando que Dios espera de nosotros grandes obras de caridad para las que nos vemos hoy imposibilitados. Por eso nos dice que además de luz somos sal, condimento que se emplea en pequeñas cantidades. Así, será en nuestra pequeña cantidad de obras cotidianas donde buscaremos esparcir esa luz de Dios, buscando poco a poco poner más amor en las cosas pequeñas que hacemos todos los días, de modo que poco a poco vaya amaneciendo en nuestra vida la luz de la gloria de Dios.

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