lunes, 17 de enero de 2011

Un Cordero muy caro que se nos da gratis (Domingo II T.O.)

Perder el habla es algo que solemos experimentar cuando nos ocurre un suceso especialmente impactante. Tras el momento de estupor silencioso, sin embargo, suele brotar el río de palabras que intentan comunicar a los demás el impacto que nos dejó en el alma lo que hemos vivido. Es como esas grandes victorias, épicas, de nuestro equipo favorito, que nos dejan boquiabiertos ante la tele y luego en el bar o en el ascensor del trabajo nos mueven a hablar y comentar sin parar. Es también lo que vivió san Juan Bautista en el momento en que su primo, Jesús de Nazaret, acudió al Jordán a ser bautizado. El domingo pasado veíamos a san Juan mudo, ante el sonido inefable de la voz del Padre: “Éste es mi Hijo amado”. Hoy le escuchamos hablar ampliamente, “dando su testimonio” sobre lo que fue para él ese momento en el que se abrieron para todos las aguas salvadoras del Bautismo.

Muchas cosas que nos comenta san Juan las conocemos ya del domingo anterior: cómo bajó el Espíritu Santo, cómo se manifestó en forma de paloma, cómo se escuchó la voz que manifestaba a Jesús como el Hijo de Dios... Una cosa nueva, sin embargo, nos ofrece hoy: la definición de Jesús como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Esta impresión que san Juan se llevó en el día del bautismo de Jesús tiene una importancia tan grande que constituye hoy la parte final de la liturgia de la misa, en la que invocamos a Jesús con las mismas palabras. Por eso nos conviene comprender a fondo que significa esta expresión, “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, si queremos conocer con más profundidad quién es la persona a cuyo bautismo se refiere hoy el Evangelio.

Sabemos que san Juan pertenece al pueblo judío, es más, el Bautista es la figura más grande de la Antigua Alianza. Por eso podemos buscar en este entorno el significado del cordero. Para nosotros, un cordero suele hacer referencia a algo muy suave, incluso suavizante, o a una densa realidad de la gastronomía segoviana. Está claro que un judío no pensaba en esas cosas. Para él, un cordero era el sacrificio que se le ofrecía a Dios en la fiesta de la Pascua. Era la ofrenda para pedir a Dios la liberación, recordando la sangre de los corderos de Egipto. Por eso san Juan nos recuerda que Jesús, cuyo bautismo acaba de presenciar, es quien viene a derramar su sangre, a entregar su vida, para liberarnos. El precio de nuestro rescate, de nuestra redención, es este Cordero que acude al Jordán, y el opresor de quien nos quiere liberar, en primer lugar, es el pecado.

El pecado del mundo no es ninguna broma, aunque a veces tendamos a tratar el pecado con mucha ligereza. No lo es por sus efectos, devastadores, como vemos en la destrucción que dejan tras de sí pecados como la injusticia, la violencia, el orgullo, la lujuria, la mentira, la corrupción, el robo, o el enjambre de pecados que envenena nuestra vida y la vida de nuestro mundo. No lo es, sobre todo, por el precio que supone para Dios. Si el Cordero que se sacrifica para arrancar los pecados es el propio Hijo de Dios, y no un ángel, o un gran hombre, o un animal selecto, nos damos cuenta de que el problema que supone el pecado para nosotros y para Dios es bien gordo. Cuando vemos los andamios de la iglesia, tan grandes y complejos, nos damos cuenta de que la obra que hay detrás es gorda, pues para cambiar un canalón pondríamos un andamio bien distinto.

Contemplar a este Cordero nos ayudará a tomarnos más en serio nuestra lucha contra los pecados que cometemos. Sin quitarles importancia, pues sabemos lo graves que son si les dejamos estar. Pero tampoco sin caer en el desánimo o la desesperación por ellos, pues Jesús resucitado sigue siendo el Cordero que nos quita los pecados y nos ayuda a no dejarnos derrotar por ellos. Cuando comprendamos esto en profundidad, acabaremos perdiendo el habla cada vez que en misa escuchamos “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Para después soltar nuestra lengua para darle gracias, y decirle, como escuchábamos en el salmo, “aquí estoy, Señor para hacer tu voluntad”

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