Nos llamaría mucho la atención que un club de primera categoría como el Real Madrid decidiera montar una gran Ciudad Deportiva en un pueblo de la sierra perdida castellana llamado Villacenteno de los Alcañices, a 80 Km de la autovía más próxima y con 37 habitantes ya jubilados y una vieja fuente en la plaza. No digamos si una gran cadena de almacenes se lanza a fundar un gran centro comercial en Valdetapias de la Mancha, pueblo conocido por su ganadería caprina y las fiestas de septiembre. Serían ambas cosas como montar supermercados en despoblados. De igual manera nos extraña, si leemos con atención el evangelio de este domingo, que Jesús decida comenzar su gran empresa de salvar a la humanidad en una región como Galilea. Vaya sitio. Desde los tiempos de Isaías se consideraba a esta región como “un país humillado, tierra de paganos, donde el pueblo caminaba en tinieblas y en tierra de sombras”. Una región que había sufrido mucho, que estaba olvidada de los grandes centros de poder y donde, además, la gente no era precisamente piadosa.Una vez más vemos, por tanto, que Jesús escoge como primicias de su labor a los más humildes, los más pobres, los que están más humillados y olvidados en nuestro mundo. A ellos el profeta Isaías les había prometido “una gran luz”, de modo que se pudieran llenar de “alegría, gozo y frutos”. Jesús comienza en Galilea, por tanto, no sólo porque fuera su lugar de residencia durante largos años, sino, como nos dice san Mateo, “para que se cumpliera lo prometido por Isaías” en favor de los más necesitados.
Es una constante en las acciones divinas comenzar cuando nuestra necesidad pasa por niveles difícilmente soportables. Pasó en Egipto, cuando sacó a Israel, pasó en Galilea, cuando Jesús empezó a derramar la luz de su doctrina y su poder misericordioso en aquella región que parecía olvidada de la mano de Dios (quizá para recordarnos, precisamente, que no hay nada ni mucho menos nadie olvidados de la mano de Dios). Habrá pasado muchas veces en tu vida. Cuando la oscuridad, la sombra de muerte y el alejamiento de Dios parecían ganar la partida a tu felicidad, acudiste a Jesús Misericordioso y una “gran luz” llenó tu alma y te animó a empezar de nuevo. Jesús “curó tus enfermedades y dolencias”.
Ese es el trabajo que sigue realizando hoy el Salvador, en la inmensa Galilea de nuestra sociedad. Y para ese trabajo, el Señor necesita nuestra ayuda. Aunque nos parezca increíble. Antes de empezar su tarea, Jesús escoge un conjunto de discípulos, a los que preparará para que prosigan su misión. Un conjunto, sin duda, digno del Solarejo de Porres F.C. hoy en la 6ª división: un conjunto de pescadores, llenos de fallos (a todos les vamos a ver pegarse resbalones a lo largo del Evangelio), con no mucha formación, pero con un corazón lleno del deseo de seguirle.
Eso es lo que en este domingo te puede estar pidiendo el Señor. Que le ayudes más. Que le sigas más. En un mundo donde vemos que tanta gente se va al agua, al mar de la tristeza, de la soledad, de las dificultades económicas o laborales, de las rupturas familiares, de la falta de fe y de esperanza... Cuando vemos tanta gente que se nos cae al agua, tenemos que recordar que el Señor nos sigue pidiendo que seamos “pescadores de hombres”. Más de uno puede estar esperando a que puedas decirle estas palabras del salmo: “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”.
Es verdad que la tarea es enorme, que hoy Galilea es el mundo entero y que a la vista de tantos naufragios uno, si mira con un corazón generoso y se olvida de sus problemas, puede sentirse como el capitán del Titanic. Titánica es la misión que tenemos hoy, pero es Jesús el que nos ayuda. Y María la capitana, la estrella del mar que guía nuestra vida para sigamos a Jesús como El quiere ser seguido: pescando náufragos y llevándoles la “gran luz” del amor de Jesús.
PD- Para evitar susceptibilidades los nombres de los pueblos son imaginarios.
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