lunes, 15 de noviembre de 2010

Ecografía en positivo (Domingo XXXIII C)

Cuando los antiguos construían un templo lo hacían de tal modo que reflejase en su disposición y en su diseño la estructura del universo. Por eso no nos extraña que Jesús, en el evangelio de hoy, aproveche los comentarios sobre el Templo de Jerusalén para dar una profunda radiografía del mundo, casi una ecografía, y para predecir el alumbramiento de un mundo nuevo. Del Templo se destacan dos cosas: su belleza y su caducidad, pues en efecto el Templo de Jerusalén sería destruido pocos años después de que Jesús dijera estas palabras, hasta tal punto que hoy sólo queda de él un pequeño resto, venerado como el Muro de las Lamentaciones en Jerusalén.

Lo mismo con el mundo nuestro, que está lleno de belleza, por ser criatura de Dios, y al mismo tiempo amenazado de ruina y destrucción, sujeto permanentemente a la terrible amenaza del Mal. Por un lado, procede de la misma constitución de la creación: terremotos, enfermedades… Pero de un modo más terrible procede de la maldad de los corazones humanos, de los que vienen las guerras, las divisiones, los enfrentamientos… Constantes que se daban en tiempos de Jesús, se dan hoy en nuestro mundo, y se seguirán dando hasta el final de los tiempos.

Esta ecografía del mundo que se nos presenta así de dramática puede resultar desalentadora, y sin embargo, el resultado acaba siendo positivo. El salmo nos decía que “Dios llegará para regir la tierra con justicia”, y el profeta Malaquías nos recuerda que llegará un día en el que “Dios tomará la maldad y la perversidad como paja para quemarla en el día de su venida”. Dios puede arreglar este mundo, limpiándolo del mal y devolviéndole la belleza que sembró en su interior en el momento de crearlo. Esta es la misión de Jesús, quien en su vida terrena sufre en primera personal el mal de este mundo, al tiempo que pasa entre nosotros sembrando bien, consuelo, amor y esperanza de belleza: “ni uno sólo de los cabellos de vuestra cabeza perecerá”.

Esta es por tanto la misión de la Iglesia, proseguir la tarea de Jesús, ayudar a Dios a seguir arreglando este mundo que vemos tan roto y dolorido. La Iglesia realiza su misión perseverando en medio de dificultades, incomprensiones y persecuciones, “trabajando día y noche” como hacía san Pablo. En esta misión cada uno de nosotros, por ser bautizados, tiene un sitio para colaborar. Todos tenemos que ayudar a Dios a arreglar este mundo, de modo que de ningún cristiano se podría decir “que vive sin trabajar, muy ocupado en no hacer nada”. La Iglesia nos ofrece un sitio a todos para colaborar, de modo institucional (siendo catequista, voluntario, miembro de algún grupo), económico (colaborando hoy especialmente con el sostenimiento de la Iglesia) y sobre todo personal, trabajando y viviendo de tal manera que en nuestra vida cotidiana seamos portadores del amor y del bien que proceden de Dios.

“La única manera que tiene el Mal para vencer es que los buenos no hagan nada”. Esta máxima nos recuerda que con nuestra tarea diaria, hecha con fe y amor a Cristo, iremos llenando este mundo de tonos positivos, e iremos ayudando a Dios, perteneciendo a la Iglesia, a arreglar su creación y a llenarla de belleza, de modo que el mundo entero se convierta en un templo hermoso para su Creador.

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